miércoles, 10 de agosto de 2016

Tres segundos. Por María Morcillo Aparicio (4ºB IES La Serranía)



Os presento el relato ganador en la modalidad de relato corto en el XV concurso literario del IES La Serranía del recién terminado curso 2015-2016. Es obra de María Morcillo Aparicio, y supone un acercamiento muy particular a algunas claves de la fantasía y ciencia ficción contemporáneas. Con esta pieza terminamos el repaso a algunos de los mejores textos de este año (podéis leer el accésit de relato corto aquí y el primer premio de poesía aquí). 

Deseo que disfrutéis con su lectura tanto como yo he disfrutado compartiendo vivencias con los chicos y chicas de La Serranía :-)



TRES SEGUNDOS

Fuente imagen: http://www.magic4walls.com


Estaba sentada en la cornisa, con los pies asomados y las manos apoyadas en sus rodillas, con las piernas ejerciendo presión sobre la piedra como si eso le proporcionase algún tipo de protección. El viento le agitaba su melena corta y le impedía la vista, su respiración se aceleraba y miles de escalofríos incómodos recorrían su espalda.

Empezó a mover los pies hacia adelante y hacia atrás, hacia atrás y hacia adelante. Su cuerpo se balanceaba de acuerdo al vaivén de sus piernas, miraba abajo y el viento la volvía a golpear con fuerza, y ella miraba el vacío con la obsesión de ser capaz de llegar al suelo en tres segundos. Se balanceó un poco más fuerte, e impulsaba su cuerpo poniéndolo justo en el borde del vacío. Eso le gustaba, despilfarraba adrenalina, y sonreía como si estuviera loca de remate. Imaginaba su cuerpo volando hacia abajo, teniendo como última sensación el llanto del viento chocando contra su cara, mientras la evasión no le dejaba claro ningún sentimiento. En ese alféizar le tiraba piedras a la luna mientras su luz descansaba sobre su cabeza, mientras el frío le helaba las entrañas y el silencio le acariciaba la espalda. Y eso la convirtió en un par de ojos cansados dispuestos a descubrir lo inimaginable.

Recuerdo bien esa ventana, se quedaba dormida mirando tras ella y pasaba las tardes de lluvia mirando las gotas que hacían carreras por el cristal. Muchas veces se sintió intimidada por el vacío de la noche, y sin embargo se planteó hacerse parte de esa incertidumbre, pero por alguna razón decidió quedarse para seguir ensuciando la realidad con poesía vulgar, y de esa manera descubrió que en un folio caben dos universos si sabes utilizar bien tu espacio.

Se dejaba llevar por el viento de la altura, y en momentos pensaba que era polvo, y en realidad lo era, porque eso es lo que éramos. Nos vanagloriábamos de ser la cúspide de la creación cuando en realidad éramos simples motas de polvo interestelar, sombras, destellos incandescentes en la infinitud del universo, parásitos anidados en una jungla de edificios.

La vida en la Tierra sería tan breve como su razón, y había días en los que el hastío era insoportable. Lo consideraba gracioso, porque toda la locura que se derrochaba le hacía vomitar lucidez, y el mundo que le escupía verdades a la cara cada vez se hacía más pequeño ante sus ojos, y tuvo la esperanza de dejar sordo al mundo a base de gritos afónicos.

Con quince años ya susurraba socorros entre líneas y entonces ya tenía en mente utilizar su último resquicio de aire para llegar al paraíso que tantos ansiaban, ya fuera en una isla tropical o en el pueblo en que había vivido siempre, pero también sabía que otros tantos utilizarían su último suspiro para esperar su propio apocalipsis, no de incendios o huracanes, sino de furia y de dolor. Bien, el mundo carecía de humanidad, pero aún estaban los que la seguían mostrando, escondidos pero atentos, en busca de un lugar donde poder dar rienda suelta a la locura.

Nosotros, los que nos salvamos de la peste del sentido común siempre quisimos armonizar el caos que transformaba el mundo en el que habíamos crecido. Pero un simple terrícola como tú no lo entendería. Pensábamos en el mañana como miedo nos daba el ahora, pero haber renunciado a la última oportunidad habría sido como un eterno camino de vuelta. El mundo de entonces no era como el de antes, la gente luchaba por lo que creía, todo el mundo exigía, y los que más necesitaban morían asesinados en el intento. Nadie tenía en cuenta que sus vidas iban a terminar pronto y seguían bebiendo del vaso sin saborear el agua, se levantaron mil barreras y todo se convirtió en dolor.

Ella empezó a existir el día en que por primera vez escuchó ruidos en su cabeza, los que se convirtieron en su obsesión durante toda su estancia en la tierra, provocándole unas ojeras malvas que se veían a kilómetros. Nunca logró entender lo que escuchaba y se limitaba a perder la cabeza chillando para hacer más ruido que ellos, y entonces escribía, pues decía que escribir le salvaba. A medida que crecía empezaba a entender que que escuchara voces y se montara películas no era el mayor de sus problemas, pues la tierra se degradaba a pasos lentos. Con toda su rabia se podría haber roto Asia y habrían sobrado bombas. El mundo se sumergió en un charco salado de sangre donde la gente corría sin saber adónde iba, y después volvía al mismo sitio del que huía. Y así estalló la tercera guerra mundial, y la cuarta, y la quinta, y al final dejamos de contarlas. El mundo se convirtió en un lugar donde Don Quijote habría matado a Dulcinea, un mundo lleno de ruinas, donde las bombas pedían a gritos dejar de volar de continente en continente y pedían descansar las armas, mientras la esperanza se evaporaba como el agua de África y la gente que creía en ella desaparecía.

Los ruidos de su cabeza no cesaban y la llevaban al límite.

Todo esto le proporcionó dosis de realidad que agradecería siempre, y se escapaba y se aislaba entre cielos casi rojos, mientras caminaba con aires cansados y brindaba con el viento por cada día que sobrevivía al caos. Se movía como un poema fugaz al ritmo de Extremoduro, se movía como un ser libre, a pesar de que no lo era. Porque de antemano ella no era nada, ni pasado, ni presente, ni futuro, era ruina y silencio incómodo. Su mente era un batiburrillo de violencia y poesía. Y a medida que pasaba el tiempo, los ruidos dejaban de golpear las paredes de su cabeza para flotar libremente en ella, pasaron a ser ruidillos que le llenaban el cráneo de luz. Pero al dejar de sufrir se dio cuenta de que debía buscar algo con lo que perder la cabeza , algo que contaminara su existencia. Entonces se enamoró de alguien que le hizo ver caer las estrellas una a una, que le hizo suspirar peligrosamente, y que le quitó las plumas una a una para evitarle el vuelo. Él se perdió entre sus grietas de persona rota y ya no quiso encontrarse nunca más y dejó el mundo de los cuerdos.

Una noche de jueves de un ambiguo noviembre ella se olvidó del amor como se olvidan las cosas sencillas.

Las noches se hacían eternas, y los nudos en la garganta cada vez más grandes, más pesados. Era un desastre que sabía utilizar bien sus palabras, que sabía como utilizar bien sus armas, aunque a veces se disparase contra ella misma y viviese con la mirada de una niña asustada. Era de las de mucha música y pocos diálogos, era de esas, de las que daría lo que fuera por el sabor de la luna, era de las que escribían por no gritar, de las que se levantaban pronto para ver cambiar de color el cielo. Y él… él era ese verso que guardaba en la recámara junto a sus balas, por si algún día decidía acabar con esto. Y entonces acordarse de él era una muestra más de que seguía en contacto con sus malos hábitos.

Todo se resquebrajaba. La realidad le dañaba, porque no tenía tiempo para entenderla. Sus sentimientos eran demasiado fuertes para las palabras pero demasiado tímidos para el mundo, no entendía muchas cosas, aunque tampoco pretendía entenderlas. Sin embargo odiaba vivir en la ignorancia.

Mientras tanto el mundo seguía rugiendo. Las bombas seguían perforando la tierra, y gritos de inocentes dejaban sordo al mundo, mientras la sonrisa de los responsables se escuchaba de fondo.

Y el mundo, loco, en lugar de aferrarse a un clavo ardiendo, se lo clavaba.

Esa mañana unos pequeños rayos anaranjados se colaban entre la persiana, y dibujaban largas líneas de luz entre sus piernas. Asomándose por la ventana pudo comprobar que estaba amaneciendo, y en algún momento del día vio a lo lejos como el cielo se abría y daba paso a trozos de metal. Primero se quedó quieta, y con los ojos como platos sus mejillas se convirtieron en un par de cascadas repletas de terror, se le comprimió el pecho y empezó a hiperventilar. En cuanto se vio capaz dio media vuelta y comenzó a correr. A medida que corría, se iba elevando poco a poco, y no se percató de ello hasta que ya estaba corriendo un palmo por encima del suelo, y se desmayó en el acto.

Cuando despertó, se encontraba en una habitación donde el silencio era tranquilo y nada tenso, un ser gris la miraba con ojos caídos, y le tendió la mano para levantarse. Ella hizo un ademán con la cabeza agradeciéndoselo y se levantó. Cuando escuchó las primeras palabras que le dirigieron el corazón dejó de latirle, pues se dio cuenta de que los ruidos que había estado escuchando desde pequeña no eran obra de la esquizofrenia ni de ninguna enfermedad mental, sino que se trataba de la lengua que estaba aprendiendo, con la que se comunicarían la generación que poblaría la tierra el día de mañana. Cuando ya no quedara nada por destruir.

Y así le dimos una patada a la maldita torre de babel.

Entre nebulosas de colores que no había visto nunca, destruimos nuestro planeta acabando con cabezas vacías, con cuerpos que no sentían y con corazones que no latían. Y hoy, después de ciento y algo de años, he vuelto a la ventana donde una vez me senté, donde solía soñar, y me he sentado como antaño, y me he balanceado hasta cansarme y he llorado viendo llover. De ello he decidido no hacer ni magia ni poesía, solo me he limitado a gritar a toda tinta que estoy loca y no me importa.

Luego he contado los segundos que he tardado en llegar al suelo.

Y en efecto, eran tres.

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